Javier Milei reunió días atrás a todo su Gabinete en la Casa Rosada y se mostró, según relatan asistentes, con un tono desafiante y convencido de su esquema económico. La escena contrastó con las percepciones que circulan en su entorno más amplio: algunos colaboradores lo ven agotado por el desgaste mediático que genera la defensa diaria del programa de ajuste, mientras otros aseguran que el Presidente “se la está bancando” frente a un nivel de crítica persistente y crecientemente hostil desde sectores del llamado círculo rojo. En privado, uno de los dirigentes que lo acompaña desde sus primeros pasos políticos admite que “esta parte de la gestión le está pesando”, al tiempo que otros remarcan que Milei mantiene la guardia alta porque es consciente de que hay actores influyentes que quieren debilitarlo y condicionan su reelección.
En ese contexto, Milei se recuesta cada vez más en su vínculo con el ministro de Economía, Luis Caputo, y les repite a propios y extraños que no tocará ninguna palanca de la economía que no esté contemplada en la hoja de ruta diseñada junto a él. En la cúpula oficial repiten que el corazón del plan es la baja de la inflación, aun a costa de una fuerte contracción de la actividad. Una fuente de la Casa Rosada de primera línea admite que el logro de índices de precios a la baja convierte al Gobierno en “el mejor” a la hora de mostrar resultados, pero advierte que el costo social y político del ajuste puede poner en riesgo la reelección si la recuperación no llega a tiempo. “No tengo tan claro que la reelección esté asegurada si la economía sigue como está”, desliza esa voz, en paralelo a los datos que muestran caída en la industria y la construcción y un consumo debilitado.
El tablero político dentro del oficialismo, sin embargo, todavía parece transitar una etapa de calma relativa. Las distintas facciones que conviven en el Gobierno —los sectores más alineados con Karina Milei, los que orbitan alrededor de Caputo y otros grupos libertarios con poder legislativo— evitan en público las confrontaciones abiertas y se abroquelan detrás del Presidente mientras la prioridad sigue siendo sostener el programa económico y construir acuerdos básicos con gobernadores y aliados. Esa calma es leída por algunos como un paréntesis inevitable antes de una disputa feroz: referentes libertarios advierten que, a medida que se acerque la discusión por las candidaturas del año próximo y se clarifique el horizonte de la reelección, “se van a sacar los ojos” en la pelea sucesoria.
La incógnita sobre un eventual segundo mandato ordena, por anticipado, la política interna de La Libertad Avanza. Hay dirigentes que proyectan que, si se consolida la percepción de que Milei no tendrá posibilidades reales de reelección, el espacio oficialista como proyecto político comenzará a desdibujarse y el poder que acumula hoy la hermana del Presidente se verá recortado. Algunos analistas dentro del propio oficialismo sostienen que Karina Milei perderá centralidad cuando el foco deje de estar puesto en blindar al jefe de Estado y se traslade a la competencia por la herencia del liderazgo libertario. En ese escenario, la sucesión de 2028 aparece como un punto de inflexión: más de un legislador oficialista admite, en reserva, que la disputa por el liderazgo posterior a Milei será dura y que las tensiones hoy contenidas aflorarán con fuerza.
Mientras tanto, el Gobierno mira la próxima secuencia electoral como un desafío inmediato. La discusión sobre la eventual suspensión de las PASO hacia noviembre, las negociaciones que Caputo y los armadores políticos deben encarar con gobernadores y fuerzas provinciales, y la necesidad de mostrar alguna señal de recuperación económica antes de que se intensifique la campaña, forman parte del menú que se analiza en la Casa Rosada. El ministro de Economía espera que la política haga su trabajo y cierre alianzas, pero en su entorno reconocen que esos acuerdos todavía están verdes. En paralelo, el oficialismo sabe que la oferta opositora aún no termina de ordenarse, pero también que el margen para capitalizar la desorientación de sus adversarios depende de que los indicadores económicos acompañen y que la presión que hoy pesa sobre Milei no termine por erosionar su principal capital político: la promesa de cambio que lo llevó al poder.
