El dato de inflación mayorista de julio, que marcó 0,8%, le dio al Gobierno un argumento para sostener que la desaceleración de precios sigue firme. Pero detrás de esa mejora aparece una advertencia: gran parte del alivio se explicó por la fuerte baja del petróleo, un factor que ahora podría revertirse y presionar sobre el IPC de agosto.
En el oficialismo celebraron el número como una señal de que la economía continúa desinflándose. Sin embargo, distintos analistas advirtieron que no se trata de una baja generalizada de los costos, sino de un efecto puntual vinculado a la energía, que restó casi un punto al índice mayorista.
La preocupación principal está en el comportamiento reciente del crudo. Tras haber caído en julio, el petróleo empezó a subir en los últimos días, lo que abre dudas sobre su traslado a los combustibles y, desde allí, al resto de los precios de la economía.
Ese movimiento podría complicar el escenario de agosto, justo cuando el mercado venía proyectando una inflación minorista cercana al 2%. Si la energía vuelve a encarecerse, el dato final podría quedar por encima de lo esperado y recortar parte del optimismo oficial.
En ese contexto, el 0,8% mayorista funciona más como una foto parcial que como una confirmación de tendencia. El número alienta al Gobierno porque muestra una moderación importante, pero todavía no despeja las incógnitas sobre la evolución de los precios en las próximas semanas.
La clave estará en ver si la suba del petróleo se consolida y termina impactando en surtidores y góndolas. Si eso ocurre, la inflación de agosto podría mostrar menos alivio del que hoy imagina el Ejecutivo.
