En julio, el sistema de crédito volvió a mostrar señales de fragilidad: el nivel de financiamiento total en pesos al sector privado se contrajo en términos reales y la morosidad retomó su tendencia alcista, aunque con una velocidad menor que en los meses previos. Según los últimos datos elaborados en base a la información del Banco Central, el stock de préstamos creció apenas en términos nominales, pero al descontar la inflación el resultado pasó a terreno negativo, consolidando un escenario en el que las familias y las empresas cuentan con menos margen para sostener sus obligaciones financieras. El deterioro del crédito se da luego de varios meses en los que el sistema había logrado detener, sólo parcialmente, la caída en el volumen prestado.

El dato más relevante del mes fue la contracción del crédito a las personas físicas. En julio, el financiamiento destinado a hogares se ubicó en torno a los 99,4 billones de pesos, lo que implicó una caída de aproximadamente 0,7% en términos reales frente a junio. Ese retroceso se da en un contexto de elevada inflación y erosión del poder adquisitivo, lo que amplifica el impacto de la baja sobre el consumo financiado con tarjeta de crédito y préstamos personales. Pese a este descenso mensual, el saldo de crédito a familias todavía se mantiene por encima del registrado un año atrás y acumula una suba interanual cercana al 4,7% en términos reales, insuficiente, sin embargo, para revertir el proceso de deterioro en la capacidad de pago.

En paralelo, la morosidad total por monto continuó en ascenso y alcanzó un nuevo máximo desde que se inició el ciclo de subas hace casi dos años. La tasa de irregularidad sobre el total del crédito llegó en julio al 18,0%, lo que supone un incremento de 0,5 puntos porcentuales respecto del mes anterior y una brecha de más de 10 puntos frente al nivel observado en julio de 2025. Con este registro, la mora acumuló 21 meses consecutivos de aumento, aunque los analistas advierten que en las últimas mediciones comenzó a observarse un proceso de amesetamiento: la suba se sostiene, pero el ritmo ya no es tan acelerado como el que se verificó durante 2024 y el primer tramo de 2025.

El empeoramiento no sólo se refleja en los montos, sino también en la cantidad de personas alcanzadas por la irregularidad. En julio, el 26,6% de los deudores registró al menos un saldo irregular en el sistema financiero, es decir, más de una cuarta parte de quienes tienen algún tipo de crédito aparece con atrasos o incumplimientos. Ese porcentaje implica un aumento de 0,3 puntos respecto de junio y un salto de 8,3 puntos en comparación con el mismo mes del año pasado. Detrás de estas cifras se combinan varios factores: ingresos que no acompañan la inflación, uso intensivo del crédito para gastos corrientes y una oferta de refinanciaciones que ayuda a evitar un salto más brusco en la mora, pero no logra devolver a la normalidad a una parte importante de los deudores.

Los especialistas remarcan que la dinámica de julio confirma una tensión estructural entre el intento de reactivar el crédito y los límites que impone una morosidad en niveles históricamente elevados. Por un lado, el sistema financiero necesita expandir el financiamiento para acompañar la actividad económica y sostener la rentabilidad de bancos y entidades no bancarias; por el otro, se ve obligado a endurecer condiciones y segmentar el acceso ante el aumento persistente de los atrasos. En ese marco, la banca pública y las nuevas líneas hipotecarias aparecen como los pocos segmentos con algo de crecimiento real, mientras que el crédito al consumo se mantiene débil y la irregularidad, si bien empezó a amesetarse, permanece como uno de los principales focos de preocupación para el mercado y para las autoridades.

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